Misericordia del Pacto Mostrada “Al Otro Lado”

Un Sermón Sobre Marcos 5:1-20

Nelson D. Kloosterman

Amada Congregación de nuestro Señor Jesucristo,

Cada era tiene sus buscadores de señales que se imaginan que el centro dinámico del cristianismo reside en su poder invisible y excitación dramática en vez de en la Palabra sembrada y la obediencia cultivada a esa Palabra.

Parecería que nuestro texto estimula este sentimiento. Un hombre salvaje es restaurado a la normalidad cuando puercos paciendo son llevados por demonios a la muerte ahogándose. ¡Qué señal! ¡Qué poder!

Pero el foco de nuestro texto no es el exorcismo milagroso de los demonios. Lo que obtenemos de nuestro texto no es la señal, sino el evangelio proclamado por Cristo, el cual es confirmado con esa señal.

Esta afirmación puede parecernos muy extraña, debido a que antes de la destrucción de los puercos Jesús había dicho únicamente dos cosas: “Sal de este hombre, espíritu inmundo” y “¿Cómo te llamas?” Pero en este caso el mensaje de “cómo Cristo tuvo compasión” viene después de la señal que demuestra esa misericordia (ver. 19).

Las señales están al servicio de la Palabra. Así como ahora el Espíritu usa los sacramentos no para crear la fe, sino para fortalecerla, así también Jesús usó señales: no para crear la fe, sino para confirmar la Palabra creadora de la fe. En nuestro texto vemos la unidad esencial de la obra de Cristo y el Espíritu: no trabajan de manera diferente, o con propósitos opuestos.

Nuestro texto nos proclama la misericordia del pacto de Dios mostrada al otro lado—el lado culto. Vemos en los versículos 1-13, la necesidad de esta misericordia del pacto; en los versículos 14-17, la respuesta a esta misericordia; y en los versículos 18-20, el resultado de esta misericordia.

1. En Marcos 5:1 leemos: “Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gadarenos.” Jesús y sus discípulos cruzaron el lago hacia la región de los Gadarenos o gerasenos, es decir, al lado este del Mar de Galilea. Esta región era también llamada “Decápolis,” un nombre griego llevando la estampa de la cultura griega y de la vida griega, un nombre que significa “diez ciudades.”

Entre ellas estaban las ciudades de Gerasa, Damasco y Pela, como también otras ciudades. Jesús vino al lado culto, al lado helenizado del lago donde la arquitectura, los monumentos, los centros de diversiones, los juegos, y los centros teatrales, en fin, todo testificaba de la vida “de buen gusto.” A esta sociedad de categoría superior, culta y refinada Jesús vino a hacer extensiva la misericordia de Dios.

Pero recordemos que esta región “al otro lado” era en realidad ¡tierra del pacto! Esta “Decápolis” había pertenecido anteriormente a Israel. Leemos en el libro de Josué cómo el Señor asignó y repartió la tierra de Palestina a las tribus—incluyendo esta tierra al otro lado del Mar de Galilea, la tierra de los Gerasenos. Esta era la tierra que Dios le había dado a Manasés y a Galaad.

Pero junto con el regalo de la tierra al otro lado del Lago de Galilea Dios le había dado a Israel el mandamiento de erradicar, de exterminar, de purificar la tierra de toda religión falsa—y debían hacer eso por amor a su Señor del pacto. Pero el pueblo de Dios no había hecho eso. Y vemos la consecuencia de su desobediencia aquí en nuestro texto.

Ustedes ven, Jesús había ido al otro lado del lago buscando a las ovejas perdidas de Israel. El vino para reclamar el pueblo del pacto de Dios y la tierra del pacto de Dios. Pero, ¿quién es la primera persona que encuentra en esta tierra culta, esta tierra de héroes y arquitecturas griegas? Su comité de bienvenida es un hombre loco que vivía en el cementerio—de cabello rebelde, apariencia descuidada, y vestido pobremente—un hombre que pasaba sus días en Decápolis gritando y mutilándose.

Aquí observamos algo tan antiguo como la humanidad pecaminosa, que lo más alto de la cultura humana no puede escaparse de las manchas y estragos del pecado. A un lado de nuestros pasillos de ópera construimos hospitales. A la sombra de nuestros rascacielos permanecen nuestras salas siquiátricas. Y detrás de nuestros estadios deportivos escondemos nuestras cárceles y prisiones. La cultura más avanzada no puede escaparse de las manchas del pecado. Los demonios vivían en Decápolis, la deformidad en medio de la gran cultura. Y la plaga de de todas las culturas impías—la Biblia testifica de esto—es que sus logros culturales están cubiertos de costras.

Tú y yo estamos rodeados de los esfuerzos para elevar el nivel de la cultura. Económicamente y tecnológicamente perseguimos el ideal de que los hijos del mañana vivan mejor que los hijos de hoy. Buscamos garantizar el derecho de trabajar de cada hombre. Y la gente trata de implementar el ideal educativo de que cada niño sea capaz de leer. Alguien ha decidido que cada niño y niña deben aprender cómo usar una computadora.

Haciendo eco en medio de todas estas búsquedas culturales y escrito por encima de estos ideales culturales está la advertencia de la Escritura: “Porque separados de mí, nada podéis hacer.” El espíritu cultural más ferviente no puede llenar el vacío de la vida sin Cristo y de la cultura sin Cristo.

Pero hay más aquí en Decápolis: más allá de la deformidad está también la apostasía. Miren los cerdos (versículo 11) —casi dos mil de ellos paciendo en la ladera. Los demonios le rogaron a Jesús: “Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos.”

¡Cerdos! ¡En el país del Señor! Cuando el Señor estableció a Israel en su tierra de Canaán, le dio un conjunto de reglas dietéticas, entre ellas una regla que le prohibía a Israel comer carne de cerdo, que no tuvieran nada que ver con los puercos, porque eran animales inmundos. Y una de las consecuencias del fracaso de Manasés—o mejor dicho: la negativa—de erradicar a los Cananeos es que el espíritu y estilo de vida acomodaticio llegó a caracterizar a los residentes “al otro lado” del lago.

Ustedes ven, Jesús no solamente encontró una acentuada deformidad en medio de la grandiosa cultura, sino que miró fijamente al rostro de la apostasía. Ese hato de cerdos paciendo proclamaba la necesidad de esta gente de la misericordia del pacto: ellos estaban viviendo en desobediencia. Todo su sistema económico estaba construido sobre la corrupción: ¡aquí habían dos mil razones para que Cristo viniera “al otro lado”!

Pero, ¿cómo el Hijo de Dios trae la misericordia del pacto a la Decápolis? El Siervo del Señor, cuya comida y bebida era hacer la voluntad del que lo envió, llegó cumpliendo toda justicia al destruir a los cerdos. Ese es el contenido de la misericordia del pacto: un Substituto realizando lo que el pueblo de Dios se niega a hacer, a saber, amar a Dios guardando sus mandamientos.

La razón por la que Jesús fue al otro lado, el lado culto, fue la deformidad del pecado y la desobediencia del pueblo de Dios. El no fue allí accidentalmente. El fue enviado por el Padre, enviado para redimir a su pueblo, a su pueblo “culto, apóstata y deformado.

Jóvenes, esto es también lo que necesita nuestra cultura actualmente. Ya sea que hablen de música rock o películas o el baile o cualquier otra cosa, la necesidad de nuestra cultura hoy es la misericordia del pacto en términos de guardar los mandamientos de Dios. Es la necesidad de un Salvador que es a la vez un Substituto-Mediador, uno que cumple toda justicia por nosotros.

Nuestra cultura, hermanos y hermanas, no necesita a un Jesús que encaje en nuestro molde socio-político, que inspire un sentimiento de bienestar, que haga juego con nuestros ideales culturales de diversión y sociabilidad. Necesitamos un Salvador que cumpla la justicia, un Salvador que con su Palabra y poder, con su predicación y señales, venga a purificar la tierra del pecado e iniquidad. Ése es a quien nuestra cultura necesita, ese es el significado del milagro que Jesús lleva a cabo, el milagro de expulsar la legión de demonios del hombre y de enviarlos al hato de cerdos. La señal realizada por Cristo tenía que ver con su verdadera necesidad: ¡deshacerse de la deformidad y la desobediencia!

2. El milagro de Cristo fue un acto de justicia cuya intención era restaurar el derecho del Padre sobre su pueblo y su tierra. Pero nuestro texto también indica la respuesta a esta entrada misericordiosa de Cristo (versículos 14-17). ¿Que sucedió cuando Jesús vino a dar vida a uno y quitársela a otros?

¿Qué fue lo que los que apacentaban los cerdos reportaron cuando se fueron corriendo por el campo de regreso a la ciudad?

Lo que ellos reportaron lo aprendemos del texto. A sus ojos lo que sucedió no fue la entrada del Rey de reyes a Decápolis, sino un colapso económico. No la restauración del derecho de Dios sobre su pueblo y su tierra, sino la destrucción de un producto comercializable. Su pan y mantequilla desparecieron. ¡Los carniceros se quedaron sin negocio!

Cuando ellos vinieron a Jesús, vieron al hombre que había estado poseído sentado allí vestido y en su juicio; y tuvieron miedo. Aquellos que habían visto le dijeron a la gente lo que le había sucedido al hombre, y dijeron sobre los puercos también. No olviden los puercos.

Y así la gente empezó a rogarle: “¡Vete de aquí, por favor! Vete de aquí, antes que nos cuestes más.”

Aquí una vez más la Escritura nos recuerda que la gracia y la misericordia de nuestro Dios y de nuestro Salvador Jesucristo van siempre acompañadas de juicio. La sanidad del endemoniado va acompañada del juicio sobre el pueblo desobediente de Dios que vive en la tierra del Señor.

El mismo acto que le dio vida a uno, le quitó la vida a muchos.

Esta es la característica de la misericordia de Dios. Cuando la Palabra de Dios llega para santificarnos y remoldearnos, también corta y rompe y rebana y taja el pecado que a nosotros nos gusta abrigar y nutrir. La misericordia de Dios, que nos promete perdón de pecados y vida eterna, nunca viene a nosotros sin la demanda al arrepentimiento y la demanda de apartarnos del pecado que cometemos.

Hay otro hecho interesante en nuestro texto. Hoy en día oímos mucho acerca de la preocupación de Jesús por “los pobres.” Algunos incluso dicen que Cristo vino a identificarse con “los pobres.” La gente edifica una teología sobre esa idea, y así tenemos la “teología de la liberación.” La iglesia ahora tiene que identificarse con “los pobres,” y asumir la causa de los oprimidos económicamente.

Los ciudadanos atrapados por la pobreza son incitados a liberarse, a derrotar las estructuras sociales opresoras in Sudamérica, en Sudáfrica, en todo el mundo.

Pero miremos nuestro texto—¿qué hace Jesucristo en la Decápolis culta? ¿Se identifica con “los pobres”? Todo lo contrario: ¡Él empobrece a los hombres! Los empobrece económicamente por causa de la demanda del pacto. Esto quiere decir que nosotros tenemos que ser muy cuidadosos en ver a Jesús como un reformador social y un simpatizante humanista.

Vean aquí a nuestro Salvador sufriendo por causa de los pecados del hombre culto—por causa de nuestros pecados culturales, de nuestra desobediencia sofisticada. El sufrió el dolor de una cultura apóstata y que abandonó a Dios—una cultura en la cual el único que lo reconoció es un hombre que albergaba demonios: una prueba vergonzosa y viviente de que Jesús fue despreciado y rechazado por el hombre “culto,” verdaderamente un hombre de dolores, familiarizado con el dolor, uno de quien los hombres “cultos” esconden sus rostros. ¡Él fue “culturalmente” despreciado y, nosotros gente “culta,” no lo estimamos, ni lo honramos!

Esa la clase de cultura en la que vivimos hoy en día; esto describe a todos aquellos rechazadores amables y sofisticados de Cristo con quien nosotros nos codeamos, con quienes apoyamos la sinfonía, trabajamos en construcción, enseñamos en la escuela. Usamos la palabra “secular” para describir la clase de sociedad y la clase de gente que le ruegan al Señor que se aleje de ellos, que no quieren nada con Dios. Un estilo de vida que “deja fuera a Dios” es un estilo de vida secular. Y eso está en todo derredor nuestro.

En muchos sentidos la cultura en la cual participamos no es diferente de la cultura de la Decápolis. Cristo es burlado y abusado hoy en día de muchísimas maneras refinadas—maneras a las que tú y yo nos hemos acostumbrado, maneras que nos influencian.

Considera el uso del Día del Señor: para ustedes el Día del Señor es un “día para la iglesia.” Pero para el incrédulo, el hombre “culto” es un Domingo de Súper Tazón, un Domingo de los Deportes CBS, un Domingo de las Eliminatorias.

¡Qué burla del Cristo a quien solamente todo honor y adoración pertenecen! Mientras que nuestra cultura erige su adoración heroica del Domingo como un rival a la adoración del Salvador de la iglesia, ¡imagínense que hay cristianos que nos instan a reducir nuestra adoración de Cristo para que así podamos relajarnos todos como familias amantes de la diversión!

O, ¿qué de la pureza sexual? Para el incrédulo, la persona “culta” de hoy, la pureza sexual es anticuada, aburrida e intolerante. ¡Qué lucha para ustedes jóvenes mantener sus mentes limpias y sus cuerpos puros y sus motivaciones santas! Pero, ¡qué burla del Cristo cuya relación con su Novia está simbolizada por un matrimonio que es sexualmente monógamo y casto! Eso es lo que realmente está pasando en la situación de la Televisión—las comedias demuelen la castidad y nos divierten con la insinuación. Cristo está siendo rechazado. La Palabra del Señor está siendo arrojada.

No nos engañemos: nuestro Salvador crucificado y despreciado está siendo todavía rechazado por el hombre “culto”—ahora no en Decápolis, pero sí en Denver, Detroit y Dallas. Por los hombres y mujeres “cultos” en Doon, Dutton y Delavan.

El hombre “culto” incrédulo rechaza a Jesucristo y le pide que se vaya.

Y aún así, nosotros suspiramos y anhelamos la conversión de nuestra cultura. Deseamos ver a los corredores de poder de la humanidad del siglo veinte, a los ejecutivos de los medios de comunicación—y todos sus “productos culturales”—puestos al servicio del Rey Jesús.

Por eso, hablamos de “redimir la cultura”: tenemos que redimir el cine, redimir el baile, redimir cada área de la vida. Pero estos son un poco más que lemas de una subcultura que desea una aceptación cultural.

Todo lo que necesitas hacer es preguntarte: “¿Cómo debe ser redimida la cultura?” La respuesta de nuestro texto: la cultura es redimida por la Palabra de la expiación de Jesucristo, la Palabra de la demanda del pacto de Dios, que proclama la misericordia y el perdón, pero una Palabra que también llama al arrepentimiento y la conversión. ¡La cultura tiene que ser purificada y limpiada por el Mediador que efectúa la expiación!

Y el problema en este punto, francamente, es que tú y yo somos tentados a empezar a pensar que el programa de Cristo de la redención cultural simplemente no va muy bien, y mejor lo debemos ayudar—digamos, ¡elevándonos a nosotros mismos a la posición de co-redentores con Cristo! Verdaderamente, qué tonto somos. Y eso que la Biblia nos recuerda constantemente que Cristo es el único Salvador y Redentor—¡no el cristiano!

Debido a que el mundo desprecia la Palabra de Dios y crucifica de nuevo a Cristo, tal vez tú te sientas avergonzado. Tú tienes que vivir junto a estas personas, trabajar junto con ellas. Tenemos que compartir mucho de la creación con ellos, ¿o no? Mientras tanto, ellos le dan la espalda al Señor.

Pero nuestro texto nos anima señalando al fruto de la obra de Cristo, un fruto que nos alimenta con el consuelo. Porque en los versículos 18-20 se nos muestra cómo las señales están al servicio de la Palabra, cómo el milagro está al servicio de la proclamación.

Jesús está de camino a la cruz. Pero dejó a alguien tras sí al “otro lado.”

El hombre sanado le rogó que fuera con él, pero Jesús no se lo permitió. Cristo le dijo: “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.” Así que el hombre se fue y empezó a hablar. El empezó a publicar en Decápolis cuanto Jesús había hecho por él, y todos se maravillaban.

Aquí está el clímax de nuestro texto, el punto focal de la obediencia de Cristo. Esto es lo que Jesús quería lograr: dejar a alguien atrás con el mensaje. Esta sanidad del hombre no fue sino el medio de Cristo para la meta de proclamar la misericordia de Dios. Proclamar esa misericordia no solamente a los Judíos apóstatas, sino también a los griegos cultos.

Jesús no despreció la cultura, ni le respingó la nariz. El es el Redentor de la cultura que reemplaza el fundamento podrido con el único fundamento perdurable, el fundamento de la Palabra de Dios. ¿Cómo llevó a cabo eso en Decápolis? El envió a este hombre con un mensaje. Y, ¿cómo Jesús hace esto el día de hoy?

Cuando la Palabra proclamada del Señor es vivida obedientemente, ¡la cultura es restaurada por esa Palabra!

Nota la conexión entre los versículos 19 y 20. Jesús dice, “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.” Y después leemos en el versículo 20, “Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él.” El se fue confesando que Jesús era el Señor. Confesando que en Jesús-el-Mesías todas las promesas del Mesías han sido cumplidas, incluso la promesa hecha mucho antes a Manasés, Galaad y Efraín acerca de su tierra “al otro lado.” Esa promesa la leemos en Jeremías 50:18-20:

“Por tanto, así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Yo castigo al rey de Babilonia y a su tierra, como castigué al rey de Asiria. Y volveré a traer a Israel a su morada, y pacerá en el Carmelo y en Basán; y en el monte de Efraín y en Galaad se saciará su alma. En aquellos días y en aquel tiempo, dice Jehová, la maldad de Israel será buscada, y no aparecerá; y los pecados de Judá, y no se hallarán; porque perdonaré a los que yo hubiere dejado.”

Y esa promesa Jesucristo la cumplió yendo “al otro lado,” a Decápolis, para proclamar la demanda del pacto una vez más.

Pero Jesús se fue a Jerusalén. El fue al Viernes Santo, a la Pascua, y a la Ascensión y Pentecostés. Y la iglesia fue al mundo.

¿Qué tan efectiva era esta Palabra confiada al endemoniado?

Bueno, en el 70 D.C. la nación judía se rebeló en contra de Roma, de tal manera que los soldados romanos vinieron y exterminaron a Jerusalén. Los cristianos huyeron por sus vidas. Y, ¿a dónde huyeron? A Decápolis. A esa tierra “culta” que años atrás había recibido la misericordia del Salvador. Ellos huyeron a la ciudad de Pela, ¡donde encontraron refugio!

Que esto pudo pasar, hermanos y hermanas, fue el resultado de la misericordia del pacto de Dios, por la cual el endemoniado fue sanado y enviado.

¿Redimir la cultura? Sí. Pero, ¿cuál es la primera necesidad de la cultura? ¿Es un mero perfeccionamiento moral? ¿Necesita la “cultura” deshacerse de jurar, de la desnudez, de la indecencia del baile—es eso lo que la cultura necesita? ¿Una renovación moral?

No. Lo que la cultura necesita es la expiación. El hombre culto requiere de la misericordia expiatoria, la gracia purificante, la purificación del Señor Jesucristo.

¿Redimir la cultura? Sí, en verdad. Pero, ¿quién redime a la cultura? Nuestro texto echa por tierra el mito de que nuestro trabajo es redimir todas las áreas de la vida para Cristo. La Escritura enseña que como recipientes de la misericordia del pacto tenemos que dirigir a una cultura deformada y desobediente (es decir: gente “culta,” desobediente y deformada) a la Fuente de la misericordia, la Fuente del perdón y al Agente de la purificación: Jesucristo, el Siervo Sufriente y obediente del Padre, quien cumple toda justicia.

Pero, ¿de qué manera es transformada la cultura por Jesucristo y su Palabra de misericordia?

A través de la fiel predicación y enseñanza de la Palabra de Dios. Nosotros mismo hemos visto que la necesidad de nuestros corazones no es una mejora moral, sino la misericordia expiatoria. Y aquellos que han recibido esa misericordia de la cruz a través de esa Palabra, ellos llaman a toda persona culta a recibir esa misma misericordia cultural, para que traigan su oro, su tecnología, su arte y música, bajo esa Palabra misericordiosa del Salvador.

Amén.

Traducido por Valentín Alpuche.